Ramón González Ferriz escribió el pasado sábado en el blog Tormenta de Ideas de El País un post titulado “Intelectuales y politólogos“. Es un texto estimulante y que podría generar un interesante debate sobre el papel de intelectuales y científicos (sociales) en la esfera pública.

Hacia el final del post, Ramón resume:”Muchos intelectuales clásicos creen que compreder a Goethe les permite comprender el mundo actual. Muchos científicos sociales creen que guardar un Excel con estadísticas en su ordenador les hace imparciales. Ambas cosas ayudan. Ambas cosas tienden a ser insuficientes”.

De momento, en redes sociales, el post ha generado algunas reflexiones entre los propios politólogos. Básicamente, por lo que he visto, sobre ideología. Si la tienen al trabajar, si se la “quitan” en papers pero la conservan en prensa, si es posible limitarla. Si es deseable.

Ése es uno de los frentes abiertos. El otro es si, inspirándonos a grandes rasgos y de forma algo exagerada en lo que dice Sánchez Cuenca, los intelectuales no deberían opinar de lo que no saben y si deberían ceder el testigo a científicos sociales, mejor formados y quizás incluso más informados.

El tema es casi tan viejo como las propias ciencias sociales. Weber o Durkheim. Verstehen o Erklären. “El problema no es quién tiene derecho a hablar -estamos de acuerdo en que todos lo tenemos-, sino quién merece ser escuchado”, dice Ramón.

Mi formación (historia y sociología) y mi trabajo (periodista) me ponen en contacto diario con todos los actores: políticos, empresarios, analistas, columnistas, tertulianos (yo mismo), periodistas influyentes (yo no), politólogos, sociólogos, economistas.

¿Quién merece ser escuchado? Pues no es muy original lo que voy a decir, pero depende. Los científicos sociales conocen la “estructura social de España”, manejan las cifras, el padrón, los datos del INE, las series históricas. Pero no conocen el mundo de la política, de las decisiones, de los intereses, de los reconcores, de las personas. A las personas.

A los científicos sociales les llevan los demonios cuando escuchan a periodistas y tertulianos pronunciarsea la ligera sobre todo tipo de temas, desde la subida de la luz a la Constitución portuguesa pasando por la política de tipos del BCE. Con razón.

A periodistas y tertulianos les (nos) da ternura escuchar a los politólogos hablando sobre el poder, las élites extractivas, los sistemas de partidos, las instituciones, los tribunales. Los medios de comunicación. Con razón también.

¿Qué es peor, que alguien que apenas maneja conceptos económicos, sociológicos o históricos (incluso datos) ocupe una tribuna privilegiada o que lo haga quien nunca ha charlado con un político de alto nivel, asistido a una cumbre o conocido los entresijos de un Ministerio o La Moncloa?

La reflexión es estéril si se convierte en una disputa por la autoridad como si la razón la diera el oficio. También si lo dejamos en un ejercicio de relativismo.

El año pasado, cuando entrevisté a Acemoglu, le piqué un poco diciendo que en el fondo, su cosmovisión tenía bastantes semejanzas con las de Fukuyama. Él, sin picarse, me respondió que “El trabajo de Fukuyama… es una mezcla de muchas cosas. De democracia, de cultura, de todo. Es muy fácil escribir un libro que diga que todo importa, pero no resulta muy útil para entender las dinámicas sociales y los mecanismos sociales.”

¿Cuál de las dos esferas es la más relevante?  ¿Se pueden separar? Yo, siendo claramente integrante de una de las dos partes, y aunque se me enfade Acemoglu, no sabría responder con rotundidad.

Algunos medios están apostando por fusionar el mundo académico y el periodístico, con resultados muy satisfactorios. Pero eso no responde a la pregunta de fondo. Con cuál os quedaríais si os obligaran a elegir. ¿Intelectuales o politólogos?

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