“Empecemos, pues, por el manicomio; iniciemos nuestro viaje intelectual en esa pecadora y absurda posada. Y antes de considerar por encima la filosofía de la cordura, descartemos un error común y garrafal. En todas partes flota la idea de que la imaginación, y sobre todo la imaginación mística, supone un riesgo para el equilibrio mental.

Se dice que los poetas son poco fiables desde el punto de vista psicológico, y, por lo general, se tienda a pensar que hay una vaga relación entre coronarse con laureles y acabar revolcándose en la paja. Los hechos y la historia contradicen totalmente este punto de vista. Casi todos los grandes poetas han sido no sólo cuerdos, sino extremadamente prosaicos; y si de verdad Shakespeare cuidó caballos alguna vez, fue porque no había hombre más fiable que él.

Los poetas no enloquecen, los jugadores de ajedrez sí. Los matemáticos enloquecen, y los cajeros también, pero los artistas creativos en muy raras ocasiones. Que nadie piense, como podría parecer, que estoy atacando a la lógica. Me limito a señalar que el peligro de enloquecer radica en la lógica y no en la imaginación. La paternidad artística es tan saludable como la paternidad física. Es más, vale la pena señalar que cuando un poeta ha sido verdaderamente enfermizo casi siempre se debía a que su imaginación tenía un punto de racionalidad.

Poe, por ejemplo, era verdaderamente enfermizo; y no porque fuese poético, sino porque era particularmente analítico. Incluso el ajedrez le parecía demasiado poético: le disgustaba porque estaba lleno de castillos y caballeros, como un poeta. Prefería las fichas negras del juego de las damas porque se parecían más a los puntos negros de un diagrama.

Puede que el argumento más convincente sea que sólo un gran poeta inglés ha enloquecido: Cowper. Y, desde luego, fue por culpa de la lógica, en concreto de la lógica extraña y desagradable de la predestinación. La poesía no era la enfermedad, sino la medicina. Y le permitió conservar en parte la cordura. En ocasiones lograba olvidar, entre las anchurosas aguas y los lirios blancos del río Ouse, el rojo y reseco infierno al que le arrastraba su horrible determinismo. Calvino lo maldijo, Gilpin estuvo a punto de salvarlo.

En todas partes vemos hombres que no enloquecen porque sueñan. Los críticos están mucho más locos que los poetas. Homero es cuerdo y sereno, son sus críticos los que lo deshacen en absurdos harapos. Shakespeare es quien es, y sólo algunos de sus críticos creen haber descubierto que era otra persona.

Y aunque San Juan Evangelista viera muchos monstruos extraños en sus visiones, no vio ninguno tan horrendo como sus comentaristas. La explicación es muy sencilla: la poesía es cuerda porque flota con facilidad en un mar infinito; la razón pretende cruzar el mar infinito para hacerlo finito. El resultado es un agotamiento mental, similar al agotamiento físico del señor Holbein.

Aceptarlo todo es un ejercicio, comprenderlo todo una fuente de tensión. El poeta únicamente aspira a la exaltación y la expansión, tan sólo desea un mundo en el que desahogarse. El poeta sólo pretende rozar el cielo con la frente. En cambio, el lógico quiere meterse el cielo en la cabeza. Y por eso acaba estallándole”.

G. K. Chesterton. Ortodoxia. Acantilado, 2013, páginas 19 y 20. Negritas, mías.

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