“Éste es uno de los secretos de casi todas las revoluciones y el destino trágico de sus caudillos: sin tener sed de sangre, verse obligados a derramarla. Desmoulins pide frenético desde su pupitre burocrático el tribunal para los girondinos. Pero más tarde, cuando sentado en la sala de justicia, oye caer la palabra “muerte” sobre los 22 hombres que él mismo ha arrastrado ante los jueces, salta del asiento con palidez mortal, trémulo, se precipita fuera de la sala lleno de desesperación; ¡no, no es eso lo que él quería!

Robespierre, que puso su firma bajo miles de decretos fatales, combatió dos años antes, en la Asamblea Constituyente, la pena de muerte, y condenó la guerra como un crimen. Danton, a pesar de ser hechura suya el terrible tribunal, llegó a gritar estas palabra de desesperación con el alma atribulada: “Ser guillotinado antes que guillotinar”. Hasta Marat, que pide públicamente desde su periódico 300.000 cabezas, hace todo lo posible para salvar a los que están sentenciados a caer bajo la cuchilla.

Todos los que más tarde han de aparecer como bestias sangrientas, como asesinos frenéticos, ebrios con el olor delos cadáveres, todos detestan en su interior (lo mismo que Lenin y los jefes de la revolución rusa) las ejecuciones. Empiezan por tener a raya a sus adversarios políticos con la amenaza de muerte: pero la simiente del dragón surge violenta del consentimiento teórico del crimen mismo.

No pecó por embriaguez de sangre la Revolución Francesa, sino por haberse embriagado con palabras sangrientas. Para entusiasmar al pueblo y para justificar el propio radicalismo se cometió la torpeza de crear un lenguaje cruento; se dio en la manía de hablar constantemente de traidores y de patíbulos. Y después, cuando el pueblo, embriagado, borracho, poseído de esas palabras brutales y excitantes, pide efectivamente las “medidas enérgicas” anunciadas como necesarias, entonces falta a los caudillos el valor de resistir: tienen que guillotinar para no desmentir sus frases de constante alusión a la guillotina.

Los hechos han de seguir fatalmente a las palabras frenéticas. Así se inicia la desenfrenada carrera en la que nadie se atreve a quedar atrás en la persecución de la aureola popular. Siguiendo la ley irresistible de la gravitación, viene una ejecución tras la otra; lo que empezó como un juego sangriento de palabras se convierte en puja feroz de cabezas humanas. Se hacen así miles de sacrificios , no por placer, ni siquiera por pasión, y mucho menos por energía, sino simplemente por indecisión de los políticos, de los hombres de partido, que carecen de valor para resistir al pueblo. Cobardía en último término. Por desgracia, no es siempre la Historia como nos la cuentan, historia del valor humano. Es también historia de la cobardía. Y la política no es, como se quiere hacer creer a todo trance, guía de la opinión pública, sino inclinación humillante de los caudillos precisamente ante la instancia que ellos mismos han creado e influido.

Así nacen siempre las guerras, de un juego con palabras peligrosas, de una superexcitación de las pasiones nacionales; y así también los crímenes políticos; ningún vicio y ninguna brutalidad en la tierra han vertido tanta sangre como la cobardía humana. Si, pues, Fouché llega a ser en Lyon el verdugo de las masas, no será por pasión republicana (no conoce él ninguna pasión), sino únicamente por miedo a caer en desgracia como moderado.

No deciden en la Historia los pensamientos, sino los hechos”.

Stefan Zweig. Fouché. El genio tenebroso. Editorial Juventud, 1978, páginas 41-42.

Las negritas, mías.

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