Deseábamos tanto creer que todavía era posible vivir de las ideas, excepto cuando deseábamos con todas nuestras fuerzas creer que ya no era posible, pues entonces el fracaso, cuando lo consiguiéramos, ya no sería nuestro, ni provocado por la falta de disciplina o talento, ni por el hecho de que en el fondo no deseábamos las cosas con tanto empeño como pensábamos.

Lo cierto era que estábamos llegando rápidamente –y probablemente ya habíamos llegado- a esas edad en la que ya no tiene sentido hablar de “promesa”. Fue más o menos en esa época cuando le comenté a Max que, consiguiéramos lo que consiguiéramos, ya nadie diría: “Es tan joven…”.- Habíamos dejado atrás la precocidad.

–  Después de los 28, dije con tristeza, se te juzga por tus propios méritos.

– A no ser que mueras, me corrigió Max. Entonces todos dicen: “Era tan joven…”.

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Christopher R. Beha: “Qué fue de Sophie Wilder“. Libros del Asteroide, 2014, página 15

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