Elderly Chinese people committing suicide before end of the month to avoid province’s looming ban on burials“, titula una noticia el Daily Mail británico. Ancianos chinos que se suicidan antes de que la prohibición de enterrar cuerpos entre en vigor, el 1 de junio, en la provincia de Anhui.

La noticia suena disparatada, absurda. Es el Daily Mail. No sé si es cierta, pero da pie para recomendar un excelente libro: “El pequeño guardia rojo“, de Wenguang Huang, publicado en español por Libros del Asteroide.

Wenguang, periodista, escritor y profesor, vive en EEUU, pero nació en 1965 en Xi’an. En El pequeño guardia rojo cuenta su historia, la de su familia, la historia de la ciudad, de China, en los años de la Revolución Cultural. Es la crónica de un niño que crece en una familia normal, con dos padres muy trabajadores, una hermana y una abuela. Con una situación económica muy justa, a ratos desesperanda. en un momento de cambio para el país.

Hay muchas formas de narrar algo así. Wenguang nos cuenta China a través de los miedos de su abuela, una anciana que cuando el niño cuenta con apenas nueve años empieza a obsesionarse con la muerte. No por morir en sí (que en parte, y pese a su entereza, también). Sino precisamente por no poder ser enterrada.

Es la China de los últimos años de Mao, donde la tierra es necesaria y no se puede perder espacio con tonterías burguesas y antirevolucionarias como los cementerios. El Partido no lo aprueba. Todos los muertos deben ser incinerados. Pero a Abuela le aterroriza, le atormenta la idea, y presiona a su hijo para que le prometa que cuando muera la llevará al pueblo para poder descansar en paz.

El pequeño guardían rojo no es una novela, ni una biografía. Son unas memorias particulares. Literariamente no son brillantes, ni lo pretenden. Pero el relato, cargado de humor, es fascinante.

Por un lado, el verdadero sentir de los chinos rurales, visto a través de las ideas, mitos y supersticiones de Abuela y sus vecinos. Las decenas de tradiciones no revolucionarias ni comunistas. Las ceremonias, la astrología, la simbología. La preparación en función de costumbres antiguas de todo lo que tiene que ver con la muerte, pero también con la vida. Todo mal cubierto por el asfixiante manto de la doctrina, del partido. Del miedo. Miedo al Partido, al Estado, a los vecinos, a los jefes. A ser delatados. A delatar. A no poder alimentar a los tuyos. Miedo a la aleatoriedad. A lo arbitrario. A no saber por qué, ni cómo ni cuando. A ser encarcelado hoy y rehabilitado mañana.

El autor comprime siglos de historia, tradición y filosofía en apenas una década. Y a eso suma una radiografía increíble de una sociedad que se mueve, que evoluciona, que piensa y sufre. Con una jerarquía imposible de entender. Con auténticos apuros para alimentarse, para conseguir carne. En el que la convivencia, a ratos, se vuelve difícil. Una mezcla complicada de modernidad y respeto por el pasado.

Con una población temerosa y respetuosa ante la autoridad, pero conoce mil y una forma de burlar sus imposiciones. El padre, para poder cumplir la promesa, tiene que hacer auténticas virguerías. Preparar, con años de adelanto, el proceso. Por ejemplo, consiguiendo algo tan sencillo como un ataud. Es imposible comprarlo, así que tiene que contratar a dos obreros y pagarles en comida, bebida y tabaco para que lo hagan. En secreto, para que nadie lo vea.

O sobornar a decenas de tíos y tías para que le ayuden con la logística. Alguien con un camión. El primo de un amigo que conoce a alguien que puede conseguir un tren. Al jefe del pueblo, para que reserve un buen lugar en el cementerio y cuide de la tumba. Casi a los vecinos, que durante años conviven con un féretro vacío en el salón de la casa.

Es también una narración increíblemence cercana, que nos sumerge en la atmósfera del barrio, en los olores de la cocina. Que nos hace odiar a suegra y nuera y desear lo mejor para ambas. Que te ahoga por la falta de espacio y te libera por el optimismo resignado de los protagonistas.

Wenguang cuenta la historia de una decepción, el pasado de una ilusión. Según pasan los años, sus padres, él mismo, pierden toda posible ilusión con el comunismo, con el Partido, con el sistema. Él, elegido para una escuela de idiomas, tiene la oportunidad de ver, de comparar. Incluso de viajar a Reino Unido para mejorar su inglés. Él, que será el encargado en el futuro de traducir para los líderes máximos. Su padre, entre lágrimas, todo lo que le pide durante años, cuando crece y va a la Universidad, es que no se meta en líos, que no arruine su futuro y el de la familia. Sobre todo, que no traicione a su país, que vuelva cuando sale.

Wenguang descubre la verdad cuando pise Inglaterra. Descubre que los europeos no son pobres, que no se pelean por la comida. Sino todo lo contrario. Tarda días en recuperarse de la imagen tras la primera visitar a un supermercado. Entiende las bondades de la libertad, del dinero, de la democracia. Pero aun así, se resiste. El peso de la tradición es grande, y se une a asociaciones de estudiantes de izquierdas para defender un comunismo en el que en realidad no cree, nunca creyó.

Un libro que merece la pena en épocas de turbulencias, de dudas, de promesas. Para saber lo que hasta antes de ayer ha sido. Lo que todavía es en algunos sitios. Lo que puede volver a ser.

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