“(…) La decisión les corresponde a los hombres del siglo XXI, liberados de las tradiciones y de las ideologías, pero confrontados con el resurgimiento del nacionalismo y de los integrismos religiosos. Más que nunca su condición es trágica, porque su destino sólo depende de ellos mismos, porque son libres de hacer lo mejor o lo peor con los formidables medios de acción, los conocimientos y las tecnologías de los que disponen.

Les corresponde a los hombres, que hoy son más y son mayores, ponerse de acuerdo para ocuparse de un planeta que ya no puede poner a su disposición una cantidad ilimitada de recursos. A los hombres, que hoy están más unidos y más solos, que están más próximos y son más extraños, definir los principios, las instituciones y las normas para preservar el bien común de la humanidad.

A los hombres, más poderosos y vulnerables, cuya actividad se proyecta en los espacios vírgenes del cibermundo, al mismo tiempo que la convergencia de las tecnologías de la información y de la biología los autoriza a intervenir en su naturaleza a través de su patrimonio genético, abriendo el camino de nuevas terapias, pero también de una temible eugenesia.

El gran intelectual –escribía Malraux- es el hombre de los matices, de los grados, de las cualidades, de la honestidad consigo mismo, de la complejidad. Es, por definición, por esencia, antimaniqueo”.

Aron pertenece a la pequeña cohorte de intelectuales que rechazan las certidumbres adquiridas a toda prisa, pero falsas, los juicios de valor definitivos, pero sesgados; las arquitecturas intelectuales formalmente perfectas, pero desvinculadas de la realidad, y prefiere la modestia frente a un conocimiento que siempre es parcial, que se hurta a medida que se descubre, y frente a una historia cuyas sorpresas siempre serán más fértiles que la imaginación de los hombres.

Pero sería completamente erróneo ver en Aron los signos de un pesimismo irreductible o de una forma de renuncia. La conciencia de los límites del saber o de la acción no menoscaba en absoluto la emancipación que los hombres pueden conquistar gracias a su trabajo y a su búsqueda de la verdad. La libertad nunca es una causa perdida, como mostró el hundimiento de los totalitarismos y como confirma la insurrección iraní de 209. La historia sólo es trágica en la medida en que el hombre es completamente libre para afrontarla sin otra guía que su conciencia, sus dramas y sus plagas, así como sólo a él pueden atribuirse los éxitos. Ello no legitima en absoluto la renuncia o la indiferencia, sino que constituye, por el contrario, un llamamiento a la movilización, una sana invitación a los ciudadanos y a los dirigentes a tomar las riendas de su destino y de sus naciones, de sus continentes o del planeta.

El mensaje final de Aron consiste pues en el optimismo y la esperanza. No existe ninguna fatalidad por la cual la última palabra deba ser el odio y la violencia. No existe ninguna razón, llegada la hora de la globalización, para perder la esperanza en las democracias o en el futuro de la libertad. Contra los fanáticos y los cínicos, el mejor de los antídotos sigue siendo la razón, que otorgó unidad a la vida y la obra prolífica, tan filosófica como polémica, sociológica, histórica, universitaria y editorial, de Aron.

Patriota francés y ciudadano del mundo, republicano y liberal, figura central del pensamiento político y defensor de la libertad, Aron es el mejor de los compañeros de camino para transitar los escarpados senderos de la historia del siglo XXI, cuyo desafío fundamental se encuentra perfectamente explicado en sus Memorias. “Si las civilizaciones, todas ellas ambiciosas y precarias, deben realizar en un futuro lejano los sueños de los profetas, ¿qué otra vocación universal podría unirlas sino la Razón?”.

Nicolas Baverez: Raymond Aron y la época de la historia universal. En Raymond Aron: “Memorias. Medio siglo de reflexión política“. RBA. 2013, página 31

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