CuartangoLa columna de hoy de Cuartango en el periódico es una maravilla. Preciosa, intimista, desbordante. Se titula: “Estos tus ojos“. Leedla.

No soy un gran lector de columnas. O mejor dicho, no soy un gran seguidor de columnistas. No hay prácticamente nadie a quien siga con devoción, ni sé prácticamente qué día publica cada uno. Las columnas no son lo primero que miro al leer el periódico, ni las guardo, colecciono o subrayo. Hay gente que me gusta, claro, y a la que al final leo mucho más que a otros. De medios muy diferentes. Amigos personales o no. Gente con la que estoy de acuerdo normalmente o todo lo contrario.

Pero en El Mundo tenemos la suerte de tener gente que hace cosas diferentes. No que escriban de forma diferente, mejor, más literaria, más rica, con más o mejor información, con más razón, sino que tienen una mirada diferente. Y eso es lo que yo busco. No al que me da o me impone respuestas, sino el que me hace ver que no estaba haciendo las preguntas  adecuadas. Al que me hace descubrir que no sabía ni que tenía que hacerme esas preguntas. Al que me descoloca, me rompe. No al enfant terrible que quiere epatar al burgués diciendo caca, culo, pedo y pis.

Yo busco, leo y aprecio al que toca aspectos que yo trato de esquivar. Al que se desnuda como me gustaría y no me atrevo. Al valiente. Al valiente de verdad. Al que se convierte en mis ojos.

Si tuviera que destacarlos, sin un orden establecido, diría que, desde ópticas completamente diferentes, Cuartango, Arcadi, Lucía Méndez y Jabois me aportan lo que nadie más me aporta en otras partes.

Lucía hace, hoy, uno de los análisis políticos más acertados, directos y claros de la prensa española. No se corta, no se envuelve en retórica abstracta ni en literatura barata. Pero da en la diana casi siempre, y por eso se la rifan. Hace años, cuando yo empecé en el periódico, no lo entendí. Yo pensaba, consciente o inconscientemente, que para destacar tenías que ser lírico, o complejo, oscuro, ambicioso, o pretencioso, o literario, o agresivo. Evidentemente, no tenía ni la más remota idea.

Jabois es la pura frescura, aunque lo estamos quemando por sobreexposición y agotamiento. Sus referentes (intelectuales, literarios, cinematográficos, generacionales incluso) no tienen nada que ver con los míos. Por eso me pierdo, y me enfado, y me aburro. Pero luego vuelvo y sonrío, y disfruto. Y pocos días (o páginas) después veo lo contrario, y me irrito, y grito y ya no sé cuál es el mensaje que subyace. Hasta que recuerdo que si no encuentro el hilo conductor es porque no lo hay. Y no es que sea zorro, o erizo, sino una mezcla de los dos que ni él mismo conoce. Es talento a borbotones.

Mi relación con Arcadi es complicada. Lo dije una vez y lo mantengo. La mitad de las veces no entiendo lo que dice. Y la otra mitad no coincido con él. Pero en lo que hace es francamente bueno, genial. Tiene una aproximación a la sociedad y al periodismo completamente única. Muy profunda, muy diferente. Agresiva, violenta, brutal. Su forma de leer los periódicos es alucinante. La hermenéutica de sus análisis es oscura, retorcida, complicadísima. Y a mí me gusta lo simple. No entiendo su prosa, la mayoría de sus referencias e incluso qué es exactamente lo que pretende. Pero es muy necesario y hace cosas que jamás seré capaz de replicar.  Repasando un poco veo que es seguramente al que más a menudo cito, siendo con el que menos de acuerdo suelo estar.

Y luego está Cuartango. Es probablemente el columnista más sincero que nunca he conocido. En cada texto de cada lunes se desnuda completamente y nos deja ver sus miedos, su pasado, su presente. Nos dice lo que ama y lo que teme. Lo que recuerda (desde la infancia en el pueblo jugando al fútbol en el patio a los años de Francia), lo que fue, lo que es, lo que teme ser. El pasado y el futuro.

Sus sufrimientos, tormentos. La existencia y su precariedad. El vacío, la ética, el tiempo, el fin, el ser y la nada están detrás de cada frase. Está el extranjero, está la nausea y el hombre sin atributos. Está la rama dorada, la Iglesia, el hombre unidimensional, el existencialismo en vena, la deconstrucción casi tatuada. Está en todas y cada una de ellas Dios y la falta del mismo. El amor más puro y doloroso.

“Mis ojos son mi felicidad y mi tormento. Son mi espejo, mi condena, mi pensamiento. Estoy encadenado a ellos como Sísifo a las rocas que debía subir a la montaña una y otra vez. No es una buena metáfora, pero expresa el sufrimiento de la mirada, de tener que abrir los ojos cada día”.

En cada una de sus columnas Cuartango desnuda sus filias y fobias, sus sueños, sus pesadillas, sus fantasmas. Pero sobre todo, pone, expone y afronta a cara descubierta sus debilidades, lo que le hace vulnerable. Y hay que ser muy fuerte y muy valiente para hacer algo así.

Sus columnas no son para nosotros, para los lectores, son para él mismo, son parte de una búsqueda que dura años y que, él lo sabe, nunca acabará. En Estos tus ojos dice “Hoy necesito escribir sobre los ojos y no podría escribir de otra cosa”. Cuando realmente lo que quiere decir es simplemente “hoy necesito escribir”.

El escribe para pensar, para encontrar alivio, para vivir o soportar una vida sin certezas. Y yo leo para algo muy parecido. Él necesita hacerlo en voz alta, y yo soy incapaz de no hacerlo en voz baja. Él es mucho más valiente, purga su dolor, y yo se lo agradezco.

No sé si las páginas de un periódico son el lugar natural para este tipo de columnas, pero sé que no quiero un periódico (mi periódico) sin ellas. Él necesita escribir, yo quiero, necesito, leerlo.

“Ver es más fuerte que amar o quizás es lo mismo”.

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