No soy un periódico, ni una editorial, ni me debo a la actualidad. El tercer y último post del año recoge los 10 libros que más he disfrutado en 2014. La lista entera está aquí.

Son cinco ensayos y cinco novelas. Más o menos. Algunos son recientes, otros antiguos o muy antiguos. No están en un orden particular (salvo el primero) ni podría explicar su presencia. Estoy seguro de que si hago la lista mañana, sería algo diferente.

De algunos he hablado en su momento, los he comentado e incluso he escrito algo sobre ellos. De otros, no. O no en abierto. Suelo hablar más de los ensayos que de las novelas, pese a que siempre he léido y disfrutado muchísimo más éstas. No sé muy bien la razón. Supongo que me resulta más sencillo calibrar un ensayo o una biografía que una novela. Que los criterios para juzgarla son más objetivos, o claros, o académicos. Que tengo claro si es bueno o malo o si va a gustar o ser útil. Mientras que la ficción, que me llega mucho más dentro, es complicada de compartir. Es algo que sabes, que aprendes, que notas, pero que no sabes enseñar. Y que, la verdad, tampoco quiero. Forma parte de algo más íntimo, privado.

Es más fácil, me resulta más fácil, expresar en alto cualquier tipo de opinión política, cultura, religiosa, que algo así. Quizás es pudor, o timidez. O simplemente que las conexiones que toca la literatura son tan inabarcables que no merece la pena ni intentarlo. Ya saben. De lo que no se puede hablar, hay que callar.

Ari Shavit: Mi tierra prometida. Probablemente, el libro que más me ha gustado. Es una historia personal de Israel, unas memorias, un compendio de historia cultural y un lamento en voz alta. Todo al mismo tiempo. Es la idea kantianoberliniana de que del fuste torcido de la humanidad no puede salir nada recto. Como dice Ramón González ferriz, “además de sobre Israel, es sobre el ser humano: nunca nada sale del todo bien, todo se tuerce, casi nada es noble mucho tiempo”. Pero por eso mismo, Shavit, como me ocurre a mí con la idea de que no hay Dios, precisamente por eso mismo, puedo, quiero, hago. Es un libro muy bien escrito, ágil, rápido. Que te lleva por más de un siglo de vivenvias nacionales, familiares y personales. Un periodista lleno de dudas. A ratos, torturado. De izquierdas, cercano al pacifismo. Que se niega a odiar. Pero que conoce sus límites, reconoce sus debilidades y mira con tristeza lo que le rodea. [Lo leí en inglés. Lo ha traducido Debate, que es de fiar, pero no puedo pronunciarme sobre la versión en español]

Jan Karski: Historia de un estado clandestino. La vida de Karski lo tiene todo. Felicidad y alegría. Y guerra y destrucción. El dolor más terrible combinado con un espíritu indomable al que ni los nazis pueden hacer frente. Su historia, la del hombre que tuvo por misión alertar al mundo del Holocausto, está escrita sin pretensiones literarias. Es un relato rápido, nada ambicioso. Unas memorias de un país en destrucción y una Europa en ruinas. Pero también el relato de un hombre que no se rinde, y de un pueblo, el polaco, que no se deja aplastar.

Orlando Figes: Natasha’s Dance. A Cultural History of Russia“. Un soberbio relato de ‘la’ cultura rusa desde 1703, y la fundación de San Pestesburgo, hasta la Guerra Fría. Historia de campesinos, de teatro y música. De pintores y zares. De comunistas y rebeldes. La historia de la cultura y de una cultura única. Un libro con mucha ambición pero que cuyo alcance conoce límites. Es, a ratos, caótico, como el curso de un río caprichoso. no sigue líneas rectas, ni un orden cronológico ni temático exacto. Salta de nobles a plebeyos mientras explica cómo nace la literatura rusa. Y esboza, a partir de personajes como Pushkin o Tostoi, una teoría del arte, pero sin corolarios.

Christopher Clark: The Kingdom of Iron. The Rise and Downfall of Prussia, 1600-1947. Una fantástica historia de Prusia desde inicios del siglo XVII hasta la Segunda Guerra Mundial. Un libro buenísimo de un autor buenísimo, conocido también por uno de los mejores libros del año pasado, Sonámbulos. Puede que sea por la época (o que la conozco peor), pero al igual que con el Diplomacy de Kissinger, la primera mitad, hasta básicamente la Revolución Francesa, me parece muy superior. Es un libro realmente útil para entender el nacimiento de una de las grandes potencias de la historia contemporánea. Cómo una sucesión de matrimonios dinásticos y la ambición de un rey (y pese a la desidia de sus sucesores) llevan a territorios muy distantes a formar un reino incontestable. No es de lectura fácil. Por eso mismo es perfecto para un verano en la playa. Con tiempo, tranquilidad y silencio.

Politikon: La urna rota. Es posible que esté condicionado por amistad, pero el libro de Politikon está realmente bien. Consigue gustar a liberales (más o menos) y socialdemócratas. Diagnóstico y recetas (menos) frescos, de autores jóvenes y muy poco sospechosos de peligros anarcocapitalistas o idealistas del bienestar (bueno, de esto quizás un poco sí). No sorprenderá a quienes sigan habitualmente el blog o a sus firmas, pero para ser un compendio de ideas y temas muy variados está francamente logrado. De lo más interesante en castellano.

Ivo Andric: Crónica de Trávnik. No había leído nada de Andric. Las crónicas de Trávnik, una pequeña ‘ciudad’ en la Bosnia de los albores de la Revolución Francesa. Un lugar perdido entre montañas y nieve al que Francia, y después Austria, deciden enviar cónsules apra asegurar ante las autoridades locales la ruta de comercio con el Imperio Otomano, potencia regional balcánica. Es una novela lenta, que cansa. Que te hace aborrecer la zona, el caracter ‘bosniaco’, el invierno, las tradiciones. Pero que te sitúa allí mismo. Estás cazando entre los bosques, tejiendo en los salones, guisando en las cocinas. Sufres con los diplomáticos y sus familias, aislados entre hostiles. Sufres con las mujeres. Sufres con los pobres. Y aprendes muchísimo. Es un libro que cansa. Y sobre todo, es un libro triste.

Nickolas Butler: Canciones de amor a quemarropa. Una de las mejores novelas del año, e incluso la mejor. Ya hice un post sobre ella. y no tengo mucho más que añadir.

Wenguang Huang: El pequeño guardia rojo. Fabuloso relato, memorias familiares, crónica política y social de la China de los años 60 a través de los ojos y la casa de una familia normal y corriente. Le dediqué un post hace unos meses.

Josep Pla: Madrid, 1921. Un dietario. Tampoco había leído nada de Pla. Y me gustó mucho. Su prosa, su mirada, su ritmo. Una vez leído la mitad del libro, el resto se vuelve quizás algo repetitivo. Pero el talento desborda. Sobre todo, en las descripciones de personas. Impagables sus retratos de Unamuno en Salamanca y de Ortega en sus clases. El dietario te pone a caminar por Madrid, entrando en sus cafés. Rompes ideas equivocadas de cómo se vivía hace 90 años. De qué transportes existían o cómo era el día a día, semiocioso, de gente como él. Muy recomendable.

Pierre Lamaitre: Nos vemos allá arriba. Lo pongo un poco entre dudas. Es uno de los éxitos franceses de los últimos tiempos. Está bien. Pero no sé si me ha gustado bastante o quiero que me haya gustado bastante. Es una buena historia y una muy buena recreación de un estilo decimonómico para una historia ambientada en la Primera Guerra Mundial y sus postrimerías. Lamaitre parece nacido un siglo antes. y tiene un enorme trabajo de recreación. Parece que habla de sus propios tiempos. Son personajes, valores, vivencias del XIX, y si me apuran, del siglo XVIII. Pero le falta un punto.

Y si me permiten una bola extra: lean a Jaime Rubio. Yo he disfrutado su humor absurdo este año con El problema de la bala. O pueden intentarlo con El secreto de mi éxito. Pero pase lo que pase, La decadencia del ingenio sigue siendo mi favorito. Y el precio es un chiste.

Feliz Año Nuevo a todos.

Anuncios