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Cualquier usuario de redes sociales asiste cada día a unos cuantos linchamientos virtuales. No es algo raro, estadísticamente hablando. A veces son en clave de humor, otras en clave de odio, de rabia, de ira. A veces son divertidos, o nos los parece en el momento. A veces formamos parte, de forma más o menos consciente.

De vez en cuando leemos reflexiones que nos hacen pararnos a pensar. Sobre todo cuando nos damos cuenta del alcance, de las consecuencias. Lo explicó en español Javi Salas en “Los nuevos inquisidores acechan la red“. Y también Jordi Soler, “Linchamientos virtuales“.

Y en inglés, en el NYT, Jon Ronson: “How One Stupid Tweet Blew Up Justine Sacco’s Life“.

Son un recordatorio de cómo un mal tuit o post en Facebook, o uno sacado de contexto,  uno mal interpretado, una broma no entendida, han arruinado la vida de diferentes personas. De cómo todos somos humanos y podemos meter la pata. Y de cómo, a veces, el precio que hay que pagar por un acto casi reflejo es altísimo

Cuando leemos este tipo de artículos nos damos cuenta, o deberíamos, de la fragilidad. En cierto modo, de la responsabilidad que tenemos. Nos hace repensar lo que hacemos, el impacto del escarnio. Cinco minutos después, en cuanto vemos un tuit que nos enciende, lo olvidamos.

Ayer, por no ir más lejos, vi dos semilinchamientos que me dejaron bastante perplejo. Uno fue el de Martin Varsavsky por este tuit:

De alguna manera, lo que a mí, y a él, me parecía un clarísimo gesto de alabanza hacia los españoles, y en especial los jóvenes, fue convertido por una masa enfurecida en un comentario “miserable”, en “fascismo puro, “desgraciado”, “tonto”, “empresario explotador”, “idiota”, “das muchísimo asco”, etc. Varsavsky, un emigrante, estaba admirado de que los jóvenes españoles, a pesar del paro y de la complicada situación económica, insistan en que debe pagarse la sanidad a inmigrantes ilegales. A diferencia de otros países, en donde la situación económica ha propiciado el nacimiento o crecimiento de partidos de ultraderecha con un discurso xenófobo. El segundo linchamiento fue a Fernando Encinar por este otro:

Fernando es, junto a su hermano Jesús, fundador de Idealista.com, y conoce bien el mercado inmobiliario español. Su mensaje es muy claro, y más controvertido. La ristra de comentarios: memo, desgraciado, gilipollas, sociópata, hijo de la gran puta, escoria, etc.

No conozco a Varsavksy, sí a Encinar. Personalmente ninguno de los tuits me llamó la atención. Uno es un elogio claro, aunque por razones que todavía se me escapan el “impressed” fue tomado por mucho como algo malo.

El de Fernando es más complicado, pero no por el contenido en sí del tuit, sino por el tema. Los desahucios son un drama sobre el que es extremadamente complicado debatir.

Personalmente, opino de forma muy parecida. En mi familia más cercana hubo uno en el pasado, y entiendo bien el trauma. Pero no estoy en contra de los desahucios. Y las propuestas, en Madrid, Barcelona o donde sea, de frenarlos pase lo que pase me parecen un error.

Se puede pensar y matizar en si es en el caso de bancos o de particulares. Si es alquiler, propiedad o ambas. Si es primera vivienda o segunda. Se puede decir de una forma que suene menos fría que la referencia a los mercados, pero en el fondo es lo mismo.

Creo que es un error que la respuesta de los gobiernos vaya por ahí. Si las autoridades quieren evitar que una persona, una familia, sea desahuciada y acabe en la calle, lo que me parece lógico, hay muchas formas de hacerlo. Desde asumir el coste de las letras o el alquiler, hasta proporcionar una alternativa de vivienda. Estudiando caso a caso, ofreciendo compensaciones, etc.

Es el trabajo del Estado en nuestras sociedades velar por las personas que lo pasan peor. Es el sentido de la socialdemocracia y de los impuestos. Es lo que espero de un gobierno, local autonómico o nacional. Que se ocupe de casos límite y no tan límite, que evite que la gente acabe en la calle. Pero no prohibiendo por ley que quien no paga pueda ser obligado a irse.

No es el asunto de este texto en todo caso. En ambos caso, el de Fernando y el de Martin, muy poca gente preguntó con calma a los autores a qué se referían, por qué opinaban así o iniciaron un debate. La primera reacción, la instintiva, fue el insulto, la agresión, el desprecio, la ira.

El ataque directo, sin matices, sin contexto, sin pausa. Porque queremos creer que somos el bien y los otros el mal. En que el mundo está lleno de gentuza y nuestro deber es combatirla, denunciarla, hacerle frente. Y por alguna razón, como el kamizake del chiste, están por todas partes. Y que, total, si nos equivocamos basta con borrar o decir “uy, que malentendido, pero es que conociendo al personaje….”. Que no es para tanto, porque sólo es un tuit de nada, un inocente troleo, uno más entre millones.

Entiendo en parte ese tipo de reacción casi biológica, yo las tengo cada día porque me afectan los mismos prejuicios. Ayer mismo estuve varias veces a un paso de hacer algo similar, de una denuncia en forma de escarnio con los tuits de un desconocido (para mí) que hablaba de reabrir la cheka de Bellas Artes y amenazaba a posibles tránsfugas.

¿Quiere decir que no puede haber debate? ¿Que no debe haber reproches? ¿Ni a las malas ideas, a las boutades, alas barbaridades, a los abusos? En absoluto. Son más necesarios que nunca. Son parte esencial de la sociedad civil en un momento en el que es complicado verla como sociedad y como civil.

Anoche, viendo un programa de la televisión pública, hice (hicimos) incontables comentarios críticos. Muchos de ellos al límite, quizás, pero sin insultos, sin un desprecio absoluto. Y con el contexto de estar viendo el programa, por lo menos.

En realidad, todos pensamos que cuando lo hacemos es porque hay una buena razón. Que los términos están claros, clarísimos. Que sabemos lo que hacemos y controlamos. Que se lo merecen, que se lo han buscado, por fascistas, comunistas, xenófobos, liberticidas, frívolos. Por ser (malos) periodistas, partidistas, egoístas, populistas. Por cuñaos. Porque nos caen mal.

Que linchan los demás y nosotros defendemos la decencia.

Este post no es un reproche ni una moralina. No voy a decirle a nadie cómo tiene que comportarse ni estoy libre de pecado. Se parece más a un desahogo.

Cada vez me siento más desconectado.

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