Desde hace muchos años, mi blog de referencia es Marginal Revolution, gestionado por Tyler Cowen (sobre todo) y Alex Tabarrok (bastante menos), dos profesores de economía de la George Mason University.

Cowen es un tipo fascinante. Campeón estatal de ajedrez de New Jersey a los 15 años, lector voraz, doctor en Economía por Harvard, escritor compulsivo (15 libros y decenas de artículos), microbloguero diario, ensayista, columnista en las principales publicaciones norteamericanas. Y cada vez más, una figura en el debate público.

En 2004 una lectora de su blog le escribió (yo en los últimos años le he escrito muchas veces y siempre me ha respondido en cuestión de horas) diciéndole que tenía toda pinta de ser autista o algún tipo de Asperger (como ella misma). Al principio él se lo tomó mal. Pero con esa capacidad de trabajo y síntesis que tiene se dedicó a leer, aprender y estudiar el tema y acabó autodiagnosticándose un “autistic cognitive style”, aunque nunca buscó a un profesional para corroborarlo.

En vez de eso, escribió un libro sobre la capacidad de analizar y clasificar cosas de los autistas y una visión personal de la economía: Create Your Own Economy: The Path to Prosperity in a Disordered World

Cowen tiene una capacidad de asimilación de información descomunal, no parece humana. Pero para mí, lo más llamativo no son sus conocimientos, su trabajo o sus intereses. Lo que hace de Cowen un personaje excepcional son sus preguntas.

He entrevistado a decenas o cientos de personas en mi mi vida. A muchos economistas de talla mundial, incluyendo muchos Premios Nobel. Los hay hay mediocres, normales, buenos, buenísimos, genios. Pero normalmente valoramos, juzgamos, por la calidad de sus respuestas y la profundidad de sus conocimientos. Por su talento para predecir o su capacidad de explicar.

Cowen es extraordinario en el nivel siguiente, el que para mí de verdad distingue a los buenos de los mejores, a los pensadores de verdad, los que se salen de la caja. Cowen es uno de los que ‘crea’ las preguntas, que es capaz de imaginar escenarios completamente diferentes, el que rompe con las categorías con las que nos hemos criado y educado.

Es verdad que el mundo anglosajón tiene esa capacidad de buscar alternativas, nuevos escenarios. Es allí donde encuentras libros sobre qué hacer en caso de un Apocalipsis zombie, una guerra nuclear, si eres el último ser humano vivo, cómo sobrevivir a una gran catástrofe, etc . Desde fuera muchas veces nos reímos de esas ocurrencias, pero la profundidad que hay detrás de ese approach es esencial. Es prepararse para la imposible y estar listos para lo improbable.

Hoy, en un gran post, Cowen se pregunta lo siguiente: “Given that Trump is winning, which other views should we update?“.

Es muy clarito: durante mucho tiempo hemos tratado con desdén la posibilidad de que alguien como Trump llegara a donde está (sí lo sé, hay mucha gente que seguro que lo vio venir, lo avisó o se alegra, pero seguramente podremos coincidir en que la mayoría consideraba(mos)  inverosímil que alguien como él, con una campaña como la que ha hecho en 2016 y las afirmaciones que ha hecho una detrás de otra pueda ser el candidato Republicano).

Cowen, en lugar de quedarse en el debate manido, presenta un enfoque interesante: ¿en qué más estábamos equivocados? ¿Qué más debemos replantearnos? Porque podemos tratar de ajustar la realidad a nuestro esquema o asumir que el marco en el que nos movemos quizás no era correcto, nos guste o no. Y eso no tiene que empujar a recalibrar.

A principios de año escribió otro post: What caught my attention in 2015. Con reflexiones de todo tipo, desde que la Quinta temporada de Homeland ha sido magnífica (porque lo ha sido), al curling, a los deportistas que más le han interesado pasando por la deriva antiliberal de los países de Europa del Este o las zonas más interesantes de China para visitar.

Lo importante no es que lleve razón o no, sino sentarse a pensar en algo así. En qué ha sido lo más llamativo para nosotros de 2015, qué reflexiones sacamos, qué nos ha gustado y qué nos ha asustado, qué nos ha sorprendido y qué no. Eso obliga a saber dónde estábamos, que pensábamos, por qué. A cuestionar la fuente de nuestras certezas o de nuestras impresiones más vagas.

Mi ejemplo favorito de Cowen es quizás del año pasado, una pregunta que me hice entonces y me hago cada enero. ¿En qué he cambiado de opinión?

No es fácil, verdad. ¿De qué tema estabas completamente seguro y has modificado tu posición? ¿Qué creencia, sólida o semisólida, has dejado atrás en los últimos 12 meses? ¿Y por qué? ¿Deducción, inducción, una experiencia personal?

El pasado marzo Stephen Waltz tenía un artículo estupendo con más horquilla: I changed my mind, con temas de lo más dispares: desde la capacidad de transformación de las ciencias sociales hasta el poder del análisis cuantitativo, pasando por la política exterior de EEUU en numerosos campos.

Responder preguntas es muy necesario. Si tengo que elegir, intuitivamente, prefiero al que tiene respuestas que al que no. Pero hacer preguntas, descubrir que necesitamos hacer preguntas, es lo que cambia el mundo.

Hay gente muy buena respondiendo, pero hay poquísimos capaces de descubrir o crear las preguntas. Llevo desde diciembre de 2014 dándole vueltas al asunto. Cuando estoy frustrado me digo que hace falta tiempo, o un trabajo como profesor de Universidad para algo así. Busco excusas. Me digo que mi cerebro era muchísimo más rápido, activo, cuando era estudiante.

Hace una década podía leer más rápido, discutir con los profesores y tirarme horas y horas de tertulia sobre temas de una enorme abstracción. Hoy no puedo. La última década, mi trabajo, han cambiado totalmente la forma de procesar información de mi cerebro y la forma de darle salida. Produzco cosas muy concretas, tangibles, pero he perdido la capacidad de abstracción, de evasión, de mezclar, de llevar la filosofía a la historia y la lingüística a la política. De sentarme a pensar cuántos de los objetos que ahora usamos diariamente serán imprescindibles dentro de 10 años y cuántos recordaremos dentro de 20. De tratar de imaginar cuántos países habrán dejado de existir y cuántos nacerán en el próximo cuarto de siglos. De quiénes son los líderes mundiales que de verdad tienen impacto y de qué escritores que hoy vemos como menores serán reverenciados en el siglo XXII.

 

En los últimos dos años he cambiado de opinión en muy pocas cosas. Me he vuelto más tolerante (hacia el karaoke, por ejemplo), más abierto (en gastronomía), más humilde (en la contundencia de mis opiniones), menos agresivo (en las discusiones), más cobarde (en las críticas personales a los que sé que me leen en temas no profesionales), más receptivo (en las escalas de grises).

En algunos temas no he cambiado sustancialmente de opinión, pero me he dado cuenta de que no le dedicaba la atención, la importancia o la ponderación que merecen. Por ejemplo, al efecto de la desigualdad en las sociedades modernas. El machismo y lo que los hombres tenemos que hacer. La parálisis de la UE. Los enemigos (internos) del periodismo.

Leer a Cowen me deja muchas veces chafado, impotente, insignificante. Me hace ver que estoy siendo tremendamente perezoso y sin motivo, que no necesito bibliotecas, recursos ni más tiempo libre del que ahora tengo para cambiar radicalmente mi forma de entender el mundo. Pero al mismo tiempo, su blog me ayuda a darme cuenta de que salirse de la senda cotidiana es en realidad posible, me ayuda a saber que estoy en una senda y cuáles son los limites. Me anima a seguir buscando.

A un blog se le puede pedir muchas cosas más. Marginal Revolution me da todo eso gratis. Cada día.

After sleeping through a hundred million centuries we have finally opened our eyes on a sumptuous planet, sparkling with color, bountiful with life. Within decades we must close our eyes again. Isn’t it a noble, an enlightened way of spending our brief time in the sun, to work at understanding the universe and how we have come to wake up in it? This is how I answer when I am asked—as I am surprisingly often—why I bother to get up in the mornings.

Richard Dawkins