A finales de la semana pasada murió Sydney H. Schanberg. El nombre probablemente no les dirá nada. Era periodista. Entró en The New York Times como copy boy en 1959 y apenas 10 años después fue nombrado corresponsal, en la India primero y después cubriendo el sudeste asiático.

Su obituario lo ha escrito Robert D. McFadden, otra leyenda: Sydney H. Schanberg Is Dead at 82; Former Times Correspondent Chronicled Terror of 1970s Cambodia.

Seguramente su historia les resulte más familiar si recuerdan Los gritos del silencio (The Killing Fields), la película de Roland Joffé, con Sam Waterston de protagonista.

Schanberg, que cubría la Guerra de Vietnam, viajó a Camboya muchas veces desde 1970. En  1972 conoció a Dith Pran, y le cambió la vida. Pran era un joven nacido en la provincia de Siem Reap, la de los templos de Angkor Wat. Aprendió francés en el colegio e inglés por su cuenta. Cualquiera que haya visitado la zona podrá contar casos similares,  de guías y conductores de tuk tuk que son capaces de comunicarse con turistas de medio mundo gracias al inglés juntado con frases de aquí y de allí.

Pran trabajó más duro. Logró empleo como intérprete para el United States Military Assistance Group, y cuando las relaciones diplomáticas de ambos países estallaron, en 1963, se ganó la vida traduciendo para todo tipo de empresas. Por ejemplo, para el equipo que grababa Lord Jim, con Peter O’Toole a la cabeza.

Schanberg y él se hicieron amigos y el joven camboyano era tan bueno que consiguió trabajo fijo, con sueldo mensual, un año después. Cuando las defensas de Phnom Penh cayeron, Pran mandó a su familia fuera, logrando que se instalaran en EEUU. Pero él se quedó con Schanberg y eso casi le cuesta la vida.

Con la llegada del ejército a la capital derrotada el caos fue inmediato. El corresponsal quiso quedarse y casi de inmediato fue detenido junto a un colega de The Sunday Times. Los soldados, sin instrucciones concretas y eufóricos por la victoria, los iban a fusilar. Los metieron en un coche y se los iban a llevar. Ordenaron al fixer y a los conductores que se fueran, pero Pran no lo hizo. Arriesgando su vida se quedó y trató incansablemente de convencer a los jovencísimos e irascibles soldados. Logró meterles la duda, pidieron órdenes y tras unas horas de tensión absoluta fueron liberados.

El 17 de abril de 1975 la poquísima prensa internacional que quedaba en el país se refugió en la embajada francesa. Pocos días después, sin embargo, los locales fueron expulsados de la zona segura y obligados a volver a las calles, a pesar de la sistemática persecución.

Schanberg no se lo perdonó jamás. La diplomacia francesa fue tajante, porque no tenía muchas más opciones. Todos los camboyanos tenían que irse, aunque sus maridos, mujeres o hijos de matrimonios mixtos siguieran ahí. No había opciones de dejar el país para traductores, asistentes y sus familias .Ni para Pran. El periodista del NYT cuenta cómo apenas pudo dar 1.000 dólares en efectivo a sus dos conductores y 2.600 a su amigo para que intentara sobrevivir a base de sobornos. Se lo explicó, lloraron y lo entendió. Una mañana dejó la embajada. Ambos estaban seguros de que era su condena.

Durante cuatro años Pran sobrevivió disimulando. Haciéndose pasar por taxista. Yendo de corto, sin zapatos, sucio. Sin levantar la voz. Fingiendo no tener ningún tipo de educación para no ser ejecutado con otros cientos de miles. En las peores épocas tuvo que vivir con una cuchara de arroz al día. Su padre murió de hambre en 1975. Su hermano fue asesinado por tener estudios. Él logró resistir a pesar de varias palizas casi mortales. Y después de la invasión vietnamita logró escabullirse y cruzar a Tailandia.

Lleno de heridas, delgadísimo, con los dientes podridos y sin fuerzas siquiera para abrir una botella.

“When he had difficulty yesterday getting the top off a bottle of orange soda, a friend teased him, saying he could not do it because he had lost all his strength. “Nothing to do with strength,” he said. “I just don’t know how to do it any more. You forget everything inside that country.”

Allí le esperaba su amigo. El 12 de octubre de 1979 publicó esta extraordinaria crónica en el periódico: Cambodian Reporter Who Fled ‘True Hell’ Tells of 4‐Year Ordeal. Un texto perfecto que lo cuenta todo, sin estridencias ni adornos. Describiendo uno de los horrores más inimaginables del siglo XX. Leedla, recomendadla, enlazadla. Enseñadla en las facultades.

El 20 de enero de 1980 Schanberg  publicó otro reportaje increíble:The Death and Life of Dith Pran, A Story of Cambodia (PDF). La muerte y vida de Pran, que se convertiría en un libro y después en la película. Las primeras páginas del libro las podéis leer en este PDF. La web oficial, aquí.

Pran, tras escapar, viajó a EEUU. Su amigo le consiguió un trabajo como fotógrafo para el propio NYT. Se reunió con su familia y se divorció. Se casó y se volvió a separar. Se nacionalizó.En 1989 regresó a los campos de la muerte y escribió esto: Return to the Killing Fields. Mucho después, en 2008, murió  de cáncer.

choueng

 Visitar los campos de la muerte de Choueng Ek, a las afueras de Phnom Penh, es casi un deber cívico para conocer y no olvidar. Para intentar entender que en un país de siete milones de habitantes, casi dos millones murieron por la guerra, el hambre y las ejecuciones de un gobierno genocida. Para que en nuestro vocabulario la S21 ocupe lugares junto a Treblinka o Kolyma.

Pol Pot y la ingeniera social más salvaje y destructiva querían un país, una sociedad nueva. Una pesadilla imposible. Los jemeres rojos tenían una idea, esa idea contra la que Berlin nos previno:

“Let me explain. If you are truly convinced that there is some solution to all human problems, that one can conceive an ideal society which men can reach if only they do what is necessary to attain it, then you and your followers must believe that no price can be too high to pay in order to open the gates of such a paradise. Only the stupid and malevolent will resist once certain simple truths are put to them. Those who resist must be persuaded; if they cannot be persuaded, laws must be passed to restrain them; if that does not work, then coercion, if need be violence, will inevitably have to be used—if necessary, terror, slaughter. Lenin believed this after reading Das Kapital, and consistently taught that if a just, peaceful, happy, free, virtuous society could be created by the means he advocated, then the end justified any methods that needed to be used, literally any”.

Querían que se olvidara todo dentro de ese país. Mataron a dos millones de personas, pero no lo consiguieron. Intentaron que Pran lo olvidara todo con amenazas, hambre y torturas. No lo consiguieron tampoco.

A nosotros, afortunados, nos queda hacer todo lo posible para que ni ellos ni nadie olvide jamás lo que hicieron, lo que intentaron y el daño que provocaron los jemeres en Camboya. Schanberg  y Pran se quedaron sobre el terreno cuando la muerte llamaba a la puerta y gracias a su esfuerzo, a su sacrificio, conocimos lo que pasaba.

Lo mínimo es tampoco olvidarlos a ellos. Nunca.

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