Charles Michel, Erdogan y Úrsula Von der Leyen posan en el encuentro entre Turquía y la Unión Europea.

En 1826, el joven Benjamin Disraeli escribió en Vivian Grey, su primera novela, que “el hombre no es una criatura de las circunstancias, sino que las circunstancias son criaturas del hombre”. Creía, entonces, que somos agentes libres y que “el hombre es más poderoso que la materia”. Disraeli, evidentemente, nunca conoció a un presidente del Consejo Europeo.

En julio de 2019 los líderes europeos escogieron a Von der Leyen y a Michel no por sus virtudes, por sus méritos, por lo mucho que podían aportar, sino más bien por lo que no eran. La alemana y el belga no eran pesos pesados, no tenían un conocimiento en profundidad del funcionamiento de Bruselas (más allá de sus participaciones como ministros o líderes, que no siendo poco, no es suficiente), no tenían una idea muy clara de Europa, no tenían ningún plan a corto, medio o largo plazo. No se les conocía o conoce cosmovisión. No eran Jean-Claude Juncker y Donald Tusk, grandes veteranos, más guerreros e independientes. No eran líderes, sino gestores, y precisamente por eso fueron escogidos.

Charles Michel, el traspié del gran malabarista de la UE. En el periódico, un retrato político institucional del presidente del Consejo Europeo tras la crisis provocada por el llamado ‘sofagate’ de Turquía. Michel Como experto en su país sabe que en la política de cierto es tan importante resolver trifulcas como saber generarlas en el momento y el lugar apropiado. No tiene carisma, auctoritas y a duras penas potestas. Pero sí dotes de malabarista y equilibrista, un ego importante, una fe ilimitada en su talento como equilibrista para manejar coaliciones y grupos imposibles y ambición, mucha ambición, pero de la que sus colegas del Consejo Europeo pueden llegar a tolerar, pues busca anotarse tantos personales, profesionales, no dirigir al continente ni fijar la política de la Unión.

La vacuna Sputnik V contra el coronavirus.

La UE y Sputnik: entre la presión y la unidad. El otro día analicé en el periódico el vendaval provocado (sic) por la voluntad alemana de comprar vacunas rusas si reciben la aprobación de la Agencia Europea del Medicamento. Trato de explicar la urgencia germana, los recelos de muchos países, las dudas de las instituciones y si esto supone un terremoto o es, simplemente, el día a día comunitario.

La UE tiene muchos problemas, pero uno de los peores es el de las expectativas. Los ciudadanos, probablemente sin saberlo, tienen expectativas federalistas. Quieren que la UE actúe, responda y en la práctica sea como EEUU o Reino Unido. Y no lo somos ni podemos hacerlo. Los europeos cargan contra la Unión, las instituciones, contra la falta de coherencia, de unanimidad, de vacunas porque creen que Europa falla, que no está a la altura. Pero los europeos nos movemos en el tablero global con reglas diferentes, según principios diferentes y, en muchas cosas, no con una mano atada a la espalda, sino con 27 manos atadas. Nos flagelamos porque Estados Unidos y Reino Unido vacunan más y más deprisa, pero al mismo tiempo se genera una enorme indignación y hay división de opiniones cuando desde Bruselas se propone utilizar sus mismos métodos, que son calificados como nacionalismo de vacunas (…) Si la Unión Europea hubiera hecho como Reino Unido los números serían muy diferentes. Si la Unión Europea hubiera prohibido desde el principio las exportaciones de vacunas tendríamos ahora mismo 60 o 70 millones más de vacunas administradas a nuestros ciudadanos, más que EEUU. Los europeos tienen todo el derecho del mundo a protestar, a indignarse, a reclamar mejores resultados y eficiencia, pero también tienen que asumir que las decisiones, todas ellas, tienen consecuencias. Si no se juegan con las mismas reglas y no se dispone de los mismos mecanismos los resultados difícilmente pueden ser los mismos.

El viernes estuve en la Mesa de Análisis de Teo León Gross en Canal Sur hablando de ambos temas. Si les interesa, a partir del minuto 20 lo pueden ver entero en este enlace. Es un lujo inmenso que el programa permita respuestas largas y elaboradas para temas muy complejos. La concisión no es precisamente mi mejor virtud.

Y la semana pasada también, un tema con una infografía muy espectacular:

Las reglas fiscales de la UE y la catedral de Ávila... ¿Se han vuelto ineficaces tras tantas reformas?
Las reglas fiscales de la UE y la catedral de Ávila… ¿Se han vuelto ineficaces tras tantas reformas?

Las reglas fiscales europeas son como la Catedral de Ávila: “la estructura original es aún reconocible, pero todos los añadidos posteriores hacen que sea dificilísimo percibir la consistencia del conjunto”. Empezaron, en Maastricht (1992) y con el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (1997), como algo “sencillo y uniforme”, buscando la elegancia que los matemáticos quieren demostrar teoremas, pero con el paso del tiempo se fueron complicando. Era básico tener pocas ideas y valores de referencia indiscutibles, el 3% de déficit y el 60% de deuda, para generar credibilidad y compromiso, pero pronto se vio que el marco “era demasiado estricto, lo que llevó a violaciones generalizadas, y por eso se tocaron”. En 2005, 2011, 2013 y 2015, nada menos, permitiendo matices, “contingencias para reflejar las realidades macro” de tantos socios diferentes. El resultado, por desgracia, no satisface a nadie. Es un engendro que no cumple su función, genera confusión, malestar, disputas, fricción. No hay ni rastro de armonía. Por eso, pandemia mediante, la UE debe afrontar una de sus tareas más importantes: cambiar las reglas o, quizás incluso, erradicarlas para siempre.

Con dos papers interesantes y la opinión del secretario del Tesoro, Carlos San Basilio.