
The Aesthetic Empire of Alma Mahler-Werfel
«Fue, y sigue siendo, una figura ardientemente controvertida. Oliver Hilmes comienza su biografía “Musa malévola” (publicada originalmente como «Viuda chiflada”), con una muestra condenatoria de los epítetos que se le han lanzado: “mujer disoluta” (Richard Strauss), “monstruo” (Theodor W. Adorno), “valquiria descomunal” que “bebía como un desagüe” (Claire Goll), “el peor ser humano que he conocido” (Gina Kaus).
Mahler-Werfel fue descrita como una antisemita incorregible que esclavizaba a hombres judíos y los llevaba a la muerte prematura. Según un entusiasta de Mahler, era una “criatura vanidosa, repulsiva y descarada”. Erich Maria Remarque la llamó “una mujer rubia salvaje, violenta y borracha”. Y al final, el biógrafo catalogó a su personaje como una “mujer histérica clásica”.
Mahler, compositora, música, creadora, brillante, retorcida, es una de los personajes más interesantes e influyentes del siglo XX. Hija de la Viena de fin de siglo, quizás la época más fascinante del mundo contemporáneo, nació con el nombre de a Maria Schindler, hija de la cantante de opereta Anna Bergen y del pintor paisajista Emil Schindler. Esperaba abrirse camino como compositora, pero ese sueño terminó cuando, en 1902, a la edad de veintidós años, se casó con el titán musical Gustav Mahler.
Fue amante de Klimt o de Gerhart Hauptmann, amiga durante décadas de Arnold Schonberg y enemiga de Kandinsky. Suegra de Elias Canetti. Compañera de Stravinsky, Thomas Mann, Luise Rainer o Thornton Wilder. Benjamin Britten le pidió que aceptara la dedicatoria de su ciclo de canciones “Nocturno”; Erich Wolfgang Korngold hace lo mismo con su Concierto para violín. Lotte Lenya le pide que escriba unas memorias. Marlene Dietrich le hace una lectura de la carta astral de Franz Werfel. Leonard Bernstein le ruega ver la partitura de la Décima Sinfonía de Mahler. Un cena cualquier en su casa de Los Ángele podía tener a Schoenberg, Darius Milhaud, Ernst Lubitsch, Jean Renoir.
Tras la muerte de Mahler, tuvo un romance con Oskar Kokoschka, estuvo casada brevemente con el arquitecto de la Bauhaus Walter Gropius. Su último marido fue el escritor Franz Werfel, a quien siguió al exilio, primero en Francia y luego en Estados Unidos, donde se estableció en Los Ángeles. En sus diarios escribió que otros grandes hombres que estuvieron enamorados de ella fueron Paul Krammerer, el biólogo, y Ossip Gabrilowitsch, el pianista y director de orquesta ruso que más tarde se casó con la hija de Mark Twain.
Vivió hasta 1964, la viuda más legendaria del siglo XX. Quienes escriben sobre ella (se han escrito ocho biografías y media docena de novelas) tienden a referirse a ella como Alma. Esto tiene el desafortunado efecto de hacerla parecer una jovencita desvalida en compañía de hombres adultos, de los genios de los que siempre se quiso rodear. «Es mejor», dice la ensayista, «llamarla por el nombre con el que está enterrada: Mahler-Werfel».
Este buenísimo y largo texto en The New Yorker ha sido mi lectura favorita de la semana pasada.
Se puede combinar con Circe and Muse No Longer: A New Opera Reconsiders Alma Mahler, un artículo más o menos reciente del New York Times sobre una ópera estrenada hace unos meses que ofrece otra visión sobre su vida. “Cuando dejó de componer, en cierto modo mató su propia alma. Después de eso, no sintió que mereciera tener hijos porque ya había matado a sus propios hijos, que eran sus futuras creaciones que nunca nacieron”.
En 2010, la cantante Sarah Connely, que llevó al escenario siete de las obras de ella, publicó unas reflexiones más bien duras en The Guardian. Decía que «la música es música, ya la compongan ángeles o monstruos. Alma Mahler era un monstruo, sin duda, pero era un monstruo muy intrigante (…) La crueldad patológica, el antisemitismo, la vanidad y la sensación de que el mundo le debía algo a Alma Maria Schindler a cambio de su brillantez y belleza eran algunos de los rasgos que sus admiradores y enemigos reconocían en Alma, rasgos que también compartía su héroe, Richard Wagner».
Estudios más recientes han reinterpretado a Mahler-Werfel desde una perspectiva feminista. Nancy Newman deconstruyó la forma desconfiada e hipercrítica en que los historiadores y biógrafos se han acercado a ella al señalar varios casos en los que fue manipulada, engañada y denegada su consentimiento activo. El estilo poco convencional de Mahler-Werfel fue controvertido en su época y “no ha resultado menos desafiante” en épocas mucho más posteriores, ha escrito Newman.
Basta pensar en la carta que Gustav, mucho mayor y ya una figura, le mandó antes de la boda: «Los papeles [en el matrimonio] deben ser correctamente repartidos. El papel del compositor, del sustentador de la familia es mío; el tuyo es el del cónyuge amorosa, camarada comprensiva…Debes saber lo que exijo y espero de ti, debes “renunciar” (tu palabra) a todo lo superficial y convencional, a toda vanidad y ostentación (con respecto a tu individualidad y a tu trabajo); debes entregarte a mí incondicionalmente; hacer que cada detalle de tu vida futura dependa completamente de mis necesidades«.
Sin embargo, Connely se acercaba a ella de una manera que un escritos, un biógrafo, un filósofo no pueden. «Sus piezas, de las cuales cantaré siete el domingo con la Orquesta Sinfónica de Londres, demuestran que tiene el raro don de la melodía. La estructura suele ser estrófica y tiene un peso de propósito y resolución brahmsiano, pero su lenguaje armónico está formado por las influencias de su maestro Zemlinsky y de Arnold Schoenberg y Alban Berg (con quien, más tarde, también tuvo aventuras).
La música es en parte voluptuosa, coqueta, wagneriana en intensidad y armonía, pero íntima, sensual, encantadora y sorprendente. Entre los poetas cuyos textos eligió para poner música se encuentran Richard Dehmel y Rainer Maria Rilke. Expresaban una empatía visceral y sensual con la naturaleza, magnificando las emociones, pero también eran llenos de suspenso, remotos y fantasmales. A menudo hay una carga sexual en la poesía de Dehmel, que debe haber parecido perversa en su momento.
La pintura de palabras de Alma es delicada, sensual y hermosa. Técnicamente, sus piezas no son nada fáciles de cantar; los giros y vueltas armónicos presentan desafíos no sólo para la cantante sino también para el oyente, y el rango puede ser dramático.
Tal vez sea lo único real que tenemos de ella«.