Por encima de todo, el papel del historiador no es llegar a lo que podrían llamarse juicios de valor. Puede tratar de mostrar cómo los hombres difieren unos de otros en materia religiosa, pero no puede arbitrar entre religiones más de lo que puede hacerlo entre sistemas filosóficos; y, aunque pueda puestrar que una religión ha sido más favorable que otra en sus consecuencias sociológicas, aun cuando inclusa pueda creer -lo cual es mucho más difícil- que ha demostrado que una está destinada a ser, con el tiempo, mejor que la otra por sus consecuencias últimas, aun así, no le corresponde dar por hecho el cálculo de pérdidas materiales frente a las que podrían considerarse ganancias espirituales y eternas”.

Su tarea es describir; permanece imparcial entre cristianos y mahometanos; no está interesado en una religión ni en otra, excepto en la medida en que se encuentren entretejidas con las vidas humanas. Aunque pudiera describir las consecuencias económicas de la Inquisición en la España moderna, si acaso es capaz de desentrañarlas; aunque pudiera incluso mostrar que la Inquisición fue, en cierto modo, responsable de la desaparición de España del alineamiento de las grandes potencias: aun así, no ha demostrado que fuera fatal para la felicidad, ni puede dar por sentadas cuestiones relativas a lo que es la vida buena.

A fin de cuentas, el español siempre podrá responder que esa Inquisición que en cierto modo lo despojó de su grandeza fue la misma institución que una vez lo cubrió de prestigio y de poder; y lo apropiado es que el historiador lleve su investigación un paso más allá, que se pregunte por qué la Inquisición, que en una determinada disposición de las circunstancias contribuyó a aumentar el poder de España, en otro escenario contribuye a su caída.

Vuelve a estar en su sitio cuando nos aparta de los juicios simples y absolutos y cuando, de regreso al contexto histórico, lo enreda todo otra vez. Vuelve a estar en su sitio cuando nos dice si algo es bueno o nocivo en relación con las circunstancias, según las interacciones que se producen. Si la historia puede hacer algo es recordanos todas las complicaciones que socavan nuestras certezas, mostrarnos que todos nuestros juicios no son sino relativos al tiempo y la circunstancia.

Hay un argumento contra la interpretación Whig de la historia que es paradójico y que está en pugna con todos nuestros hábitos mentaeles, pues desecha todo lo que muchas personas podrían sentir como virtud y la utilidad de la historia, y despoja al historiador de sus actitudes más incisivas y de su más triunfal nota de finalidad. Consiste en el hecho de que nunca podemos afirmar que la historia haya demostrado que alguien estuviera en lo correcto a largo plazo.

Nunca podemos dedir que el desenlace último, el sucesivo discurrir de los acontecimientos o el lapso de tiempo hayan probado que Lutero tuviera razón contra el Papa o que Pitt estuviera equivocado en su entrentamiento con Charles James Fox. No podemos decir que las consecuencias últimas de la acción de Lutero hayan justificado su propósito o su comportamiento; pues el mundo moderno secularizado no ha vindicado más el plan general de Lutero o su ideal de sociedad reglisoa de lo que vindica el ideal medieval de los papas

Y, en todo caso, no podemos decrubrir las consecuencias del comportamiento de Lutero a menos que deseemos imitar al escolar que, al descubrir los resultados del descubrimiento de América por parte de Colón, enumeraba entre otras cosas la ejecución de Carlos I, la guerra española de Sucesión o la Revolución Francesa.

Con un gran esfuerzo podemos quizá rastrear los desajustes que la revuelta luterana produjo en el propio tiempo de Lutero. Podemos ser capaces de desentrañar en la transición de una generación a la siguiente algo así como, dicho de un modo tosco, causas y efectos. Pero muy pronto nos encontraremos con que no podemos delinear nada más allá, que sólo podemos ver los resultados del comportamiento de Lutero entretejidos con todas las demás cosas que produjeron alteraciones en aquel periodo.

Sólo podemos enfocar la nueva situación como un todo y observar los desplazamientos recientes que se producen ahora por coyunturas a su vez recientes“.

Herbert Butterfield: “La interpretación Whig de la historia“. Con introducción, traducción y comentarios de Rocío Orsi. Plaza y Valdés Editores, Madrid, 2013. Paginas 133-135

 

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